Cuenta la leyenda, que una vez, una mujer perdida en la inmensidad del tiempo, concibió en su deseo una máquina para viajar en él.
Así, configuró los sistemas para dicho objetivo, asignó el momento perfecto para su viaje. Esa época fue un momento en el Paleolítico en una región de Europa, o eso parece.
Bueno el caso es que esa chica viajó en el tiempo y se encontró perdida entre grandes bosques de frondosas, en un paisaje perfectamente mediterráneo, un mar lleno de vida y un aire puro como la luz del medio día.
Pero llegó la noche, y como no, con ella el frío y el miedo, ese miedo que encierran los hombres en su espacio más recóndito del corazón. Los miedos; esos que nos une al pasado, tal como puede ser nuestras extremidades o ese vello en lugares inapropiados e inútiles que aún portamos encima sin saber muy bien por qué.
Sin embargo, cuando todo estaba perdido, entre unos romeros y portando consigo una presa que acababa de cazar justo en el crepúsculo más infinito apareció un hombre antiguo, un Homo Sapiens Sapiens de hace unos cuantos milenios que le rescató y la llevó consigo a un abrigo muy bonito y apañado que tenía, todo lleno de muebles de Iklea.
Así, pasaron la noche juntos y bueno…ya saben, quizá surgió el amor intergeneracional o no. Lo que si sabemos es que la chica en cuestión apareció justo a la mañana siguiente en un parque de Europa, cercano al lugar de los hechos. Por allí pasaba un Homo Sapiens Sapiens pero con móvil, portátil, carrera, estudios ( sin trabajo).
En un instante, que parecieron milenios, se miraron y ambos comprendieron que el amor no tiene fronteras y que el tiempo es tan relativo, que hace cambiar su fisionomía y momentos. Porque el tiempo, a la vez que el amor, se compone de momentos, no de minutos, segundos décimas u horas.
Buenas noches y felices recuerdos de otras épocas.
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